Maite Valdés

 

Como he llegado hasta aquí realmente no lo sé. De niña jugaba constantemente con las señales de la vida cotidiana, por ejemplo si encontraba un coche rojo, era la señal de que mi madre habría hecho macarrones para comer, si no, pues no. Si veía un señor con una camiseta amarilla, era la señal que el examen que iba a realizar me iría bien… y así sin darme cuenta pensaba que todo lo que pasaba tenía un sentido, aunque aun no lo llamaba sincronicidad, sino Magia.

Mi formación católica apostólica romana y practicante y obligada por mi familia, hacía que constantemente mi conversación interior sobre qué era el cielo, el infierno, la duda sobre la virginidad de María, la creencia en la existencia de Jesús hombre, la Unidad, la Santísima Trinidad ….y… quien era yo, era un debate continuo.

Yo no entendía la mayoría de las cosas que me querían transmitir, pero cada noche pedía a aquel póster que teníamos colgado en la habitación del “SE BUSCA” (poster de Jesús) que me diera fe, para encontrar lo que intuía que había, pero que no sabía dónde encontrarlo.

La fe, este tema era el que más me intrigaba, ¿por qué no tenía fe? ¿Por qué tenía que cuestionarlo todo y no simplemente creérmelo tal y como se hacía en mi familia?

Al llegar a la adolescencia empecé  a sentir un rechazo por todo lo que era la Iglesia y lo que la componía. Y poco a poco fui dejando de plantearme este mundo más etéreo y que costaba más de explicar a las personas con las que me encontraba en ese momento. El mundo imaginario y creativo lo encontré desde otra pasión: el arte, la literatura, la pintura, la escultura… que llenaban aquel vacío espiritual que mi alma manifestaba.

Realmente no sé cuando me perdí y empecé a apagarme, realmente no sé cuando dejé de jugar, de ver señales, de imaginar, simplemente dejé de ser, y empecé a hacer, y me convertí en una persona “normal” con aficiones “normales”, y una vida “normal”, aunque con el alma triste.

Los siguientes años son estériles como ser, no como proceso de aprendizaje ya que ahora cuando miro hacia atrás veo que cada profesión que ejercí, cada paso que di y cada decisión que tomé, fue la correcta para estar hoy aquí.

Un curso de milagros es la inflexión y el encuentro de lo que estaba buscando, es la forma de vivir el día a día desde el Amor y no desde el miedo. Y cuando te conectas… ya está, las sincronicidades vuelven, y todo lo que necesitas en cada momento aparece: las personas, las situaciones… como por arte de magia.

Esa magia que ahora gracias a “Vida i Coherència” vuelvo a experimentar y compartir con quien quiera que así sea.